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Por qué las humanidades importan más que nunca en la era de la IA

La IA expande la capacidad de cualquiera. Pero el resultado depende del criterio del operador. Mi hipótesis: la diferencia la van a marcar quienes lean más, vean más arte y entrenen su sentido crítico.

13 mayo 2026· 5 min de lectura

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Últimamente he vivido una experiencia contradictoria con la tecnología y, especialmente, con la inteligencia artificial.

Hace cuatro años, cuando la IA dio su primer avistazo masivo, parecía ser esa tecnología prometida que nos resolvería todo: nos haría la vida más fácil, abriría más oportunidades de negocio, rompería barreras de capacidad y nos dejaría ir más allá. Pero hoy me encuentro con un mundo al borde de la mediocridad y el aburrimiento. Todo es más de lo mismo.

Y la pregunta incómoda es ésta: ¿es la IA la artífice de esto, o somos nosotros?

Un anclaje breve

Antes de seguir, vale la pena que diga desde dónde estoy hablando. Llevo 20 años en diseño digital y este año estoy estudiando Diseño de Sistemas Sociales en Hiroshima. Lo digo no por el título sino porque la diferencia que veo entre quienes usan bien la IA y quienes no, la veo desde adentro —en clientes, en equipos, en estudiantes y en mí mismo cuando no entreno mi propio criterio.

La pregunta correcta no es sobre la herramienta

Siempre lo he dicho: la IA es una herramienta maravillosa que nos permite expandir y romper barreras limitantes en el proceso de creación o en la búsqueda de soluciones. Pero entonces la pregunta no es qué hace la herramienta, es quién está usándola y bajo qué criterio.

¿Sabemos manejarla y explotar su potencial? ¿O sólo copiamos y pegamos de tal forma que el resultado es un montón de copias de copias en forma exponencial?

Hay evidencia empírica de lo segundo. Una investigación de Microsoft Research con 319 trabajadores del conocimiento encontró que a mayor confianza en la IA, menor pensamiento crítico aplicado a su salida (Lee et al., 2025). En la misma dirección, Gerlich documenta que el uso intensivo de herramientas de IA se asocia con mayor cognitive offloading y, con él, una caída del pensamiento crítico (Gerlich, 2025). Y un estudio reciente del MIT Media Lab, con EEG, mostró que quienes más se apoyan en ChatGPT exhiben menor compromiso cognitivo durante la tarea (MIT Media Lab, 2025).

No es que la herramienta nos haga mediocres. Es que premia a quien ya tiene criterio y disimula la falta de criterio de quien no lo tiene.

El ejemplo del prompt y la analogía del buscador

Sé que esta aproximación puede sonar abstracta, así que quiero aterrizarla con un ejemplo concreto.

Para crear esa imagen famosa de "qué es lo que la IA sabe de mí", la aproximación más común fue copiar y pegar el prompt que vimos en redes —y por eso casi todas las imágenes salieron iguales: cambiaban algunos rasgos y elementos, pero la estética era la misma.

Ahora pensemos: ¿cómo sería esa misma imagen si la pidiera alguien con nociones de arte, con principios de fotografía, con sentido de la composición? ¿El resultado sería el mismo? ¿El prompt sería el mismo? Creo que no. Y ahí está la diferencia.

Lo mismo pasó hace 25 años con otra herramienta gigantesca: los buscadores. La gente hacía preguntas simples y explícitas; otras personas, con mejor formación, hacían preguntas más detalladas y obtenían resultados con mayor profundidad. La diferencia no estaba en Google. Estaba en el operador.

La IA es la nueva caja de búsqueda. Sólo que esta vez el "operador" deja huellas más visibles: una imagen, un texto, un producto digital.

Por qué humanidades, y no genéricamente "leer más"

Aquí es donde quiero ser claro contra la posición contraria.

Hay una corriente que dice exactamente lo opuesto a lo que voy a argumentar: que la IA hace la educación humanística obsoleta, porque ya no necesitamos leer tanto, ni recordar tanto, ni entrenar interpretación cuando un modelo nos resume y reescribe en segundos. Es una idea cómoda. Y creo que está equivocada.

Yo creo exactamente lo contrario: cuanto más capaz se vuelve la máquina, más decisivo se vuelve el criterio humano que la dirige. Y ese criterio no se entrena con tutoriales de productividad. Se entrena con arte, con literatura, con historia, con filosofía, con todo aquello que enseña a mirar dos veces. Richard Sennett, en El artesano, lo formula desde otro ángulo: el problema ético del oficio aparece en la maestría, no en la novedad; es la repetición consciente la que afina el juicio (Sennett, 2008). El criterio no es un don. Es entrenamiento.

Y si vamos a entrenarlo, vale la pena nombrarlo con concreción —no "leer más" en abstracto. Tres prácticas pequeñas que sí cambian la mirada:

  • Dos libros de no-ficción al año por fuera de tu campo. Uno de filosofía o historia, uno de arte o diseño. No para citarlos. Para que cambien la forma en que ves un brief.
  • Una visita al mes a un museo, una galería o una exposición. Y no para validar. Para incomodarse con obras que no entendés del todo.
  • Un autor o autora "anclaje" que releas cada año. En mi caso, Ways of Seeing de John Berger. La relectura entrena el músculo de la observación crítica.

No es heroico. Es disciplina.

El criterio como diferencial

La pregunta de fondo no es si la IA va a reemplazar a alguien. Es quién va a destacar cuando todos tengan acceso a la misma herramienta.

Mi apuesta: los que tengan criterio. Los que hayan alimentado su intelecto con suficiente arte y suficiente lectura como para hacer mejores preguntas, sostener juicios cuando el modelo se equivoca y reconocer cuando una salida "buena" en realidad es genérica.

La herramienta nos iguala. Las humanidades vuelven a separar.

Y eso, paradójicamente, es la mejor noticia que he visto en años para los que llevamos tiempo en el oficio.

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